El Post ordenó una investigación interna que se publicó con entrada en
primera y cuatro planas interiores. En sus memorias, Bradlee recuerda que tomó
la decisión de que nadie revelaría más del asunto que el propio periódico. “De mis
años en la marina aprendí que para salvar a un buque lo más importante es el
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Miguel Ángel Sánchez de Armas
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control de daños.” Y el único control de daños era decir la verdad, toda la verdad y
nada más que la verdad.
Veintitrés años después, el reportero Jayson Blair del New York Times
protagonizó un escándalo parecido que desembocó en un libro con el sugerente
título de Incendiando la morada de mi amo.
El affaire Blair fue alucinante. A los 27 años se decía que iba en camino de
convertirse en la versión negra de George Polk, el legendario reportero asesinado
en Grecia en 1948.
En breve tiempo transitó de la escuela de comunicación al periodismo
estudiantil, a las prácticas profesionales, al trabajo en medios, al ascenso rutilante
y al despeñadero.
Bastó que otra periodista detectara similitudes entre un reportaje suyo y uno
de Jason para sacar a luz una pasmosa historia de decepciones, mitomanía,
artificios, embustes, enredos e invenciones que reventó a los mentores del
reportero, aniquiló sus largas y exitosas carreras y puso un ojo negro al legendario
periódico que dio a conocer el Expediente del Pentágono.
Desde el desorden de su minúsculo departamento neoyorquino, Blair
escribió reportajes y artículos sobre lugares que no visitó, con declaraciones de
personas a las que nunca entrevistó y descripciones de paisajes que nunca vio,
para las páginas de uno de los más influyentes rotativos del mundo.
¿El mayor fraude periodístico desde el escándalo de Janet Cooke? Sí y no.
Jason se convirtió en el protagonista de la nota roja del oficio y levantó una
ola que aún no pierde del todo su fuerza. La zarabanda obligó al Times a ofrecer
disculpas a sus lectores y conducir una extensa pesquisa sobre las prácticas y
conductas del periódico para aplicar correctivos de fondo. Fue una amarga lección
para la arrogante empresa periodística cuyo lema es “All the News That’s Fit to
Print” (“Todas las noticias que merecen ser publicadas”).
Blair pertenecía simultáneamente a varias minorías: de raza negra,
reportero excepcional, espléndido redactor, mitómano, drogadicto y alcohólico.
Pero también era un enfermo bipolar a quien no se le diagnosticó a tiempo el
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cuadro maniaco-depresivo que se fue agravando bajo la presión de la brutal
competencia y exigencias de la redacción … hasta que reventó.
En sus momentos de euforia podía trabajar día y noche, viajar por el país y
producir literalmente docenas de reportajes. Cuando lo atrapaba la depresión, sus
jornadas eran igualmente largas pero dedicadas al consumo de alcohol y cocaína,
a la fiesta y al escándalo.
Un día inventó el nombre de un entrevistado y de ahí fue en caída libre:
notas de otros diarios, reportes radiofónicos o de televisión y el archivo histórico
del mismo Times, fueron los cotos en donde plagiaba para historias que hilaba y
presentaba con su firma. Cuando los editores del Times lo interrogaron, sostuvo
que, como es común en el oficio, citaba otras fuentes. Y realmente no tenía
conciencia de las dimensiones de su desvío ético.
“Engañé a las mentes más brillantes”, diría en una entrevista poco después
de su desafuero. Y así fue. También humilló y desilusionó a amigos, colegas y
conocidos que lo defendieron cuando era investigado porque supusieron que se
trataba de un caso de discriminación racial. En palabras de uno de los ofendidos,
puso en peligro los logros profesionales de las minorías en el periodismo
estadounidense.
Blair no pretende justificarse. Incendiando la morada de mi amo no es una
diatriba contra el establishment blanco, anglosajón y protestante confabulado
contra el negro que lo desafió. No. Jason acepta que él mismo destruyó “la
morada de su amo” … es decir, su propia vida, en parodia del versículo bíblico.
Además, como lo hiciera el novelista William Styron en su conmovedor libro
Memoria de la locura, da una voz de alerta sobre la amenaza de una enfermedad
silenciosa que, como el cáncer, puede matar si no es tratada a tiempo: la
depresión.
















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