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Adiós, Ngũgĩ, adiós

Agencia informativa Tamaulipas Por: Agencia informativa Tamaulipas>
29 de junio de 2025
in Editorialistas, Juego de ojos
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No se admiten milagros

El miércoles 28 de mayo pasado cerró los ojos Ngũgĩ wa Thiong’o, el escritor kikuyo a quien Chinua Achebe llamara “el mayor militante de la descolonización del lenguaje”. Ngũgĩ, eterno candidato al Nobel, no se apagó: más bien, se sembró.

Sus cenizas regresaron a la tierra para reunirse con Amos Tutuola en el Bosque de fantasmas de la literatura africana a la que tanto debemos y tan poco conocemos en México.

Vivió sus últimos años de nostalgia en Buford, un pueblo de Georgia en Estados Unidos, del que nadie había oído hablar, tan distinto de su natal Kamirithu, en Kenia, como el día lo es de la noche.

Un autor anónimo me hizo llegar la reflexión que le provocó su fallecimiento: “Ngũgĩ murió en Buford, ciudad donde nadie habla kikuyo y donde el teatro no es delito. Allá, el asfalto cubre la memoria; acá, en Kamirithu, la tierra aún recuerda los cantos prohibidos. Entre ambos lugares se tensa la vida del exiliado: uno lo vio nacer, el otro morir. Ambos son reales, pero sólo uno fue raíz.”

De entre los obituarios que se publicaron poco después de su partida tomo la siguiente cita: “Su muerte representa la pérdida de una de las voces más lúcidas y valientes de la literatura africana contemporánea. A lo largo de más de seis décadas, Ngũgĩ desafió los sistemas coloniales y poscoloniales no solo con sus obras de ficción y ensayos, sino también con su decisión radical de escribir en kikuyo y rechazar el inglés como lengua literaria dominante. Su fallecimiento marcará sin duda un momento de revisión, homenaje y relectura de su pensamiento tanto en África como en América Latina, donde también tuvo gran influencia.”

Descubrí a Thiong’o a mediados de los setenta cuando cayó en mis manos No llores, niño, la primera novela escrita en inglés por un autor de África Oriental, publicada en la “Colección de escritores africanos” que fundó Alan Hill y dirigió Chinua Achebe en la editorial Heinemann. En su libro Thiong’o aborda el levantamiento “Mau Mau” -al día de hoy tabú en muchos salones de la pérfida Albión– en palabras de un crítico, “Desde una mirada humana, no caricaturesca ni demonizada.” Y otro: “Su estilo lírico, la construcción de personajes complejos y su crítica velada al sistema colonial cautivaron tanto a académicos como a lectores generales.”

Thiong’o me abrió las puertas de un mundo alucinante en donde reconocí a nuestro “realismo mágico”. Me deslumbraron nombres como Léopold Sédar Senghor, Mohamed Dib, Amos Totuola, Rui Knpfli, José Craveirinha, Mongo Beti, Peter Abrahams, Ferdinand Oyono, Kofi Awoonor, Gabriel Okara, William Conton, Agostinho Neto, Shaaban Robert, Nadine Gordimer Wole Soyinka y John Maxwell Coetzee, por mencionar algunos de entre la pléyade de autores originarios del continente que Conrad llamara “Negro”.

Hace más de 20 años hablé por primera vez de Thiong’o en Jdo. Hoy, en su memoria, recupero algunos pasajes de aquel texto:

El exilio fue para Thiong’o una segunda vida. En 2004, tras 22 años de peregrinar fuera de su patria, hizo el intento de volver a los suyos. Él y su esposa estaban en un departamento de Nairobi cuando unos rufianes forzaron la entrada y los atacaron. A él le quemaron el rostro con cigarrillos encendidos. A ella la violaron. Esta fue la bienvenida que recibió el matrimonio a su regreso a Kenia.

Ningún keniano creyó que la agresión de que fueron víctimas hubiera sido un caso más de la oleada de crimen y violencia que azotaba al país, pues los libros de Thiong’o estaban prohibidos desde que en 1977 el “padre de la patria” Jomo Kenyatta y su vicepresidente Daniel arap Moi lo encarcelaron y desmantelaron el teatro al aire libre en el que se presentaba su obra Me casaré cuando yo quiera, que habla de la injusticia y la inequidad en aquella nación.

El arresto fue al amparo de un “decreto de seguridad pública”, pues parece que en aquel régimen el teatro y la literatura son instrumentos de disolución social. Como hemos visto a lo largo del tiempo, en un régimen autoritario la primera víctima es la inteligencia; la segunda, la verdad.

Un año el escritor estuvo encarcelado y sin juicio. Al salir de prisión supo que había sido destituido de su cátedra en la universidad. Durante los años siguientes él y su familia fueron sistemáticamente hostigados.

Thiong’o decidió permanecer en su tierra y seguir publicando hasta que las circunstancias lo obligaron a exiliarse en 1982, primero a Inglaterra y después a Estados Unidos. Pero al abandonar la cárcel dio un giro extraordinario a su vida: renunció al inglés, el idioma colonial en el que fue educado; al cristianismo, que fue su religión inducida; a los valores culturales de Occidente, e incluso a su nombre, que hasta entonces había sido James Thiong’o Ngũgĩ.

En palabras suyas: “Escribir en kikuyo no es regresar al pasado, sino fundar el futuro desde un lugar propio. No se trata de nostalgia, sino de soberanía.”

El fruto de esa decisión fue la primera novela moderna escrita en su idioma materno: Caitaani Muthara-ini (Diablo crucificado), publicada en 1980, con la que clavó definitivamente la tapa del ataúd sobre su pasado colonial. Diablo crucificado tiene además la singularidad de que fue escrita en prisión, sobre tiras de papel sanitario. Al enterarme de esto no pude menos que recordar a Knut Hamsun y su Hambre, y al no menos extraordinario Reportaje al pie de la horca de Julius Fucik, escrito en una celda sobre trozos de papel estraza que eran arrojados por entre los barrotes y recuperados en la calle fuera de la prisión de Praga por miembros de la resistencia antifascista.

Thiong’o “planteó que la literatura escrita por africanos en un idioma colonial no es literatura africana, sino ‘literatura afro-europea’ y que los escritores deben utilizar su propia lengua para dar a la literatura africana su propia gramática y genealogía”, dice Jennifer Margulis.

En el adiós al inglés que fue su Descolonización del espíritu publicado en 1986, Ngũgĩ conceptúa al idioma como el instrumento que los pueblos tienen no sólo para describir el mundo, sino para comprenderse a sí mismos. Para él, el inglés en África es una “bomba cultural” que acentúa el proceso de borrar la memoria de la cultura e historia precoloniales y un mecanismo eficiente de nuevas e insidiosas formas de dominación.

En palabras de Margulis: “El escribir en kikuyo, entonces, no es sólo una manera de dar voz a las tradiciones kikuyo, sino también de reconocer y comunicar su presente. Ngũgĩ no está interesado primordialmente en la universalidad […] sino en preservar la especificidad de los grupos. En general, Ngũgĩ recuerda que la lengua y la cultura son indivisibles, y que por lo tanto la pérdida de aquélla tiene como consecuencia la pérdida de ésta”.

Este sentimiento puede explicarse mejor con una pequeña muestra de su literatura. En traducción libre mía, un fragmento de “El mártir”, incluido en Literatura africana, edición de Lennart Sörensen de 1971:

De nuevo cantó el búho. ¡Dos veces!

-Una advertencia para ella –pensó Njorege. Y de nuevo todo su espíritu se inflamó de odio, odio en contra de todos los de piel blanca, los extranjeros que habían desplazado a los verdaderos hijos de la tierra de su hogar sagrado. ¿Acaso no había Dios prometido a Gekoyo que daría toda la tierra al padre de la tribu –a él y a su descendencia? Y ahora toda la tierra había sido arrebatada.

Ngũgĩ wa Thiong’o nació en 1938 en la congregación de Kamirithu en el distrito Kaimbu, una zona conocida como “la meseta blanca” en la Kenia dominada por los ingleses. Fue el quinto hijo de la tercera de las cuatro esposas de su padre, un agricultor que fue degradado a jornalero por un decreto inglés en 1915. Su tribu, los kikuyo, es el mayor grupo étnico de Kenia.

Aquella infancia y adolescencia transcurrida en una suerte de esquizofrenia cultural marcaría la obra de Thiong’o, un kikuyo-africano y occidental-cristiano, educado en una escuela inglesa y en las universidades de Makerere en Kampala (Uganda) y Leeds (Inglaterra); hombre tribal heredero de una cultura enfrentada al occidente, despojado de su lengua e inserto en el mundo del colonialismo como catedrático en universidades estructuradas conforme al modelo europeo.

Por esa razón sus novelas se nutren del conflicto cultural derivado del papel del cristianismo, la educación en inglés y la creciente opresión de los kikuyo y otros pueblos africanos a manos del colonialismo europeo.

Hay otro dato que nos ayuda a entender el ambiente, los personajes y la textura de la obra de Thiong’o: la participación de su familia en la rebelión de los “Mau Mau”, el movimiento nacionalista contra el dominio británico provocado por la expropiación de tierras. Su hermano mayor era militante y su madre fue torturada por esa causa. Un hermanastro murió en la campaña.

Un grano de trigo, título que alude al tema bíblico del sacrificio para la resurrección (“a menos que muera un grano de trigo”) es la historia del heroísmo de un hombre y su búsqueda del delator de uno de los dirigentes “Mau Mau”. Los hechos tienen lugar en una aldea que es destruida en la guerra, como lo fue el propio pueblo de la familia de Ngũgĩ.

En la vida real, cuando la rebelión fue sofocada en 1956, habían muerto once mil rebeldes y ochenta mil niños, mujeres y hombres kikuyo estaban en campos de concentración. Además perdieron la vida más de cien europeos y unos dos mil africanos leales a la pérfida Albión.

La vida de Ngũgĩ wa Thiong’o tiene profundas semejanzas con otro gran escritor africano, el nigeriano Chinua Achebe, también miembro de una gran tribu, los ibo, también entregado al cristianismo, también educado en inglés y también recuperado por la fuerza telúrica de su cultura, como si se tratase de una versión inversa del Complejo de Anteo. Esto no es una coincidencia, pues ambos fueron producto de sociedades brutalmente colonizadas en donde los invasores pretendieron llevar a cabo la sistemática eliminación de la cultura local, como sucedió en la conquista de México.

 

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