¡Yo también estuve en Avándaro!

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Se llamaba Octavio, pero le decíamos El Foco por su cráneo como salido del laboratorio de Tomás Alva Edison. Era mi mejor amigo después de que Pepe Zamora no regresó de una escapada a Cuernavaca.

En septiembre de 1971 apenas pasábamos los veinte, nos preparábamos para votar por primera vez y debíamos materias de la prepa. Yo ya era reportero de El Día.

Todos hablaban de Avándaro. En “La Castellana” y en las oficinas de prensa, la anunciada locura de los hippitecas era la comidilla.

Yo tenía empleo y Octavio un vocho tosiento que habíamos pintado a rayas blancas y negras con brocha gorda para animar su escualidez. Lo bautizamos, of course, “La zebra”. ¿Qué más necesitábamos? Avándaro nos esperaba. Era nuestro destino… aunque por razones difusas que no nos inquietaban.

Pero nos faltaba un remedo de propósito, una razón, digamos, legitimante. Así que blindado con la insolencia de mis años, me planté en la oficina del subdirector de El Día, Eugenio Múzquiz, para informarle que nuestro diario estaría representado en el evento que ya se anunciaba como un parteaguas social, en la persona del reportero que en ese momento tenía enfrente.

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