El arte de inspirar

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Al inicio de los 80´s hice un curso sobre investigación social que impartió el Colegio de México en Mérida. En una revista que adquirí en esa época, venia una explicación sobre los tipos de profesores o maestros. En el curso (fueron 2, cada uno de 15 días) conocí a Alicia: argentina, antropóloga social, y en una de las conversaciones traje a colación el artículo de la revista: eres, le dije, una maestra que inspira, es decir, no depositas conocimientos, describes, explicas e inspiras a continuar. Con ese curso, entendí muchas de las cosas que estudie en la preparatoria y en la universidad.

Esa es la cuestión: con qué tipo de profesores nos topamos en la etapa de aprendizaje; y, por otra parte, en qué tipo de profesor nos convertimos cuando abrazamos la tarea de enseñar. En lo personal, puedo decir que me encontré con maestros extraordinarios: cada uno dejo en mi un conocimiento, pero sobre todo, una actitud que me llevaron a que en mi vida laboral ejerciera dos áreas: la académica y la periodística.

SALIR A LA CIUDAD.

El aula de la Escuela Primaria de Campoamor fue el escenario para aprender las primeras letras y el trazo de las primeras palabras. La maestra Lucha, que lidiaba con todos los grupos, me daba raid a la Ciudad, me dejaba en casa de mis abuelitos paternos; y ella me regresa al ejido. Así fue como abandone el campo; siempre digo que mi abuelita me secuestro y me inscribió en la Escuela Primaria Victoria, la del 13 Morelos.

Ahí conocí a quien, con paciencia y creo que amor a la enseñanza, me impulso en el proceso de enseñanza: la maestra Graciela Guerra. Recibí un tremendo impulso que me convirtió en un alumno, quizá no de excelencia, pero si con un amino fuerte, intenso, por aprender, por avanzar y perfilar lo que, con el paso de los años, van a ser las herramientas de mi vida laboral: leer y escribir. A ellas, a las maestras Lucha y Graciela, quiérase o no, debo el ánimo y el espíritu que marco y determino mi vida. Anoto, también, a Lupita Uriegas, la maestra de 6 año, que nos impulsó a continuar estudiando.

INSPIRACION MAGISTERIAL.

La lista es larga, pero es preciso, necesario, una puntualización. En la secundaria Nohemí Berrones me inculco valores cívicos, me enseño la Constitución y la temática que involucra a la comunidad y a las personas; Lauro Rendón Valdés, profesor de Literatura, consolido mi amor a la lectura y a la necesidad de una cultura general. Les cuento una experiencia: una alumna de 10, excelencia académica, en la Maestría de Comunicación, desolaba me enseña su proyecto de investigación: lo leí, lo revise y le explico: tu problema es de cultura. Aprendió las teorías, los temas, de la universidad y al involucrarse con un tema del mundo político, se atoro.

Alfonso Narváez, en la preparatoria, fue quien me enseño las técnicas de estudio, como hacer resúmenes, elaborar mapas mentales y esas cosas que ayudan a esquematizar el conocimiento; Luis Lauro García Barrientos, me introdujo en la teoría política, que sería la fortaleza de mis estudios universitarios; en tanto que Antonio Duran, con su clase de literatura y talleres periodísticos, me aventó a un nuevo mundo: a escribir de política, empecé en 1984 en El Diario y sigo haciéndolo, hoy también en varios portales informativos.

ADMIRACION Y RESPETO.

Años antes de jubilarme en la Facultad me hicieron una entrevista. ¿A quien admira? No dude en mencionar a dos maestros: José Luis Pariente y Jesús Galindo Cáceres. El primero por ser, de mis maestros de Universidad, ordenado, disciplinado, poseedor de una cultura extraordinaria, pero sobre todo, por tener la capacidad de sobresalir en distintas áreas del conocimiento: la arquitectura, la educación superior, la fotografía, la música; su paro por la universidad y la administración pública son la mejor evidencia.

Y el caso de Jesús Galindo Cáceres su capacidad para romper esquemas, moldes, trabajar y luchas por ellos. No fue mi maestro; pero escuche algunas de sus conferencias magistrales, y su capacidad para hacer accesible el conocimiento con una explicación y formas de argumentar, emociona y hasta se nos antoja fácil. Si todos mis maestros hubieran tenido esa capacidad para inspirar la búsqueda de conocimientos, creo que en este momento, sabría más y habría incursionado de mejor manera en la comunicación, la política y, claro, en la academia universitaria.

INSPIRACION QUE PERDURA.

Año tras año me emociono cuando Lupita Domínguez escribe en las redes sociales que, como Maestro, inspire e impulso su amor por el periodismo, también hace días se apuntó Rosa Arminda Quiroz. Y claro, año tras año, leo a buen número de alumnos que me reconocen como su maestro, precisamente el día 15 de mayo: estimulan mi autoestima y se los agradezco. Entonces, pues a festejar, mínimo prender las brasas, y de vez en rato decir: salud, salud, salud.

 

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