El futbol nos gusta porque refleja lo que somos: un pueblo optimista, entregado y profundamente fiel, capaz de renovar sus ilusiones cada torneo, sin importar el tamaño de los tropiezos pasados
Por el Dr. Salvador Echeagaray académico de la Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG).
Si analizamos fríamente las estadísticas, el idilio de México con el fútbol es el equivalente deportivo de una relación tóxica. Sufrimos más de lo que festejamos. El anhelado “quinto partido” en los mundiales se convirtió en una especie de mito urbano, y ver a la Selección Nacional a veces requiere más paciencia que vocación. Sin embargo, cada fin de semana las canchas locales se llenan, las camisetas se agotan y el país se paraliza ante un clásico. ¿Por qué nos apasiona tanto un deporte en el que, siendo honestos, no solemos destacar a nivel élite?
La respuesta no está en las vitrinas de trofeos, sino en nuestra propia identidad cultural.
Un Espejo de Nuestra Identidad y Comunidad
El fútbol en México es, ante todo, un “tejido social”. No es solo un juego de once contra once; es el pretexto perfecto para la reunión familiar, la carne asada con los amigos y el compadrazgo.
En un país con una profunda calidez humana, el fútbol ofrece un espacio de comunión masiva. Cuando juega la Selección o el equipo local, las diferencias se diluyen: el jefe y el empleado gritan el mismo gol, abrazados por la misma euforia.
Sea en la oficina, en la Minerva o en el Ángel de la Independencia.
Además, se alinea perfectamente con la psicología mexicana del “ya merito” y la resiliencia.
Nos gusta el drama, la esperanza y, sobre todo, la fiesta. El fútbol nos permite experimentar una montaña rusa de emociones en apenas 90 minutos. Es una válvula de escape donde el sufrimiento se comparte y, por lo tanto, duele menos.
La Belleza de lo Impredecible
Desde una perspectiva casi filosófica, el fútbol es el más democrático de los deportes. No importa si eres alto, bajo, rico o pobre; una pelota de trapo y dos mochilas como portería bastan para recrear la final del mundo en cualquier callejón.
A diferencia de otros deportes más estructurados o predecibles, el fútbol conserva una dosis de azar e injusticia que resuena mucho con nuestra visión de la vida. Un equipo que domina todo el partido puede perder por un error en el último minuto. Esa naturaleza impredecible mantiene viva la llama de la esperanza.
El mexicano no apoya a su equipo porque sea el mejor del mundo; lo apoya porque es el “suyo”, y porque la fe —especialmente en el futbol— es lo último que se pierde.
La Fiesta como Fin en Sí Mismo:
Para el aficionado mexicano, el partido es solo la mitad de la experiencia. La otra mitad es el folclor: el color en las tribunas, los cánticos, el ingenio de las porras y la gastronomía de estadio, desde tortas, papas, refrescos y cerveza.
Hemos exportado al mundo entero formas de vivir la tribuna (como la famosa “ola”). Si bien la cancha no siempre nos da alegrías, la grada rara vez decepciona. Ganemos o perdamos, la celebración (o el consuelo) está garantizada. Somos campeones del mundo en pasión, y eso nadie lo puede disputar.
Al final del día, el futbol nos gusta porque refleja lo que somos: un pueblo optimista, entregado y profundamente fiel, capaz de renovar sus ilusiones cada torneo, sin importar el tamaño de los tropiezos pasados y “aunque nuestro equipo gane”.
El autor es director del Departamento de Filosofía de la UAG.
















La RegiónTamaulipas, fundada desde 2004 con sede en Ciudad Victoria, Tamps.