Lo verdaderamente valioso nunca fue la tecnología, lo valioso sigue siendo la capacidad de una persona para pensar, decidir, crear, servir y amar
Por el Dr. Ariosto Manrique Moreno
Durante meses nos han vendido la misma historia: que la inteligencia artificial viene por nuestros empleos, que sustituirá abogados, médicos, diseñadores, profesores, programadores y hasta sacerdotes. Que estamos presenciando el principio del fin del trabajo humano. Suena aterrador. Pero quizá estamos observando el fenómeno equivocado. La verdadera noticia es que, por primera vez en décadas, estamos descubriendo qué cosas sólo pueden hacer los seres humanos, no que “las máquinas son más inteligentes”.
Durante años el mercado laboral premió la repetición: memorizar, seguir procesos, llenar formatos y ejecutar instrucciones. Y entonces apareció la IA, una tecnología capaz de hacerlo mejor, más rápido y más barato. La sorpresa fue que muchas actividades que creíamos producto de la inteligencia eran, en realidad, rutina disfrazada de conocimiento.
Por eso no es casualidad que el Foro Económico Mundial señale que para 2030 el 39% de las habilidades laborales actuales se transformarán y que las competencias con mayor demanda serán pensamiento analítico, creatividad, liderazgo, resiliencia e influencia social: lo que ahora llaman habilidades blandas. Por su parte, la OCDE, de la cual México es miembro, llega a conclusiones similares: sus investigaciones destacan el pensamiento crítico, la resolución de problemas complejos y la capacidad de adaptación como habilidades indispensables para el futuro. Curiosamente, todas tienen algo en común: son profundamente humanas.
Ninguna aplicación siente, ninguna ama, ningún algoritmo tiene principios, ningún chatbot siente responsabilidad por sus decisiones. La inteligencia artificial puede redactar un discurso, pero no creer en él; puede recomendar una estrategia, pero no asumir sus consecuencias. Por eso nos debería preocupar menos la inteligencia artificial que la inteligencia natural que estamos dejando de usar. Vivimos rodeados de información, pero escasos de reflexión. Tenemos más herramientas que nunca, pero menos disposición para pensar.
Un estudio realizado por investigadores de Microsoft y Carnegie Mellon advirtió que una dependencia excesiva de la inteligencia artificial puede reducir el ejercicio del pensamiento crítico en determinadas tareas. Paradójicamente, la tecnología más poderosa de nuestra época podría volvernos intelectualmente más ineficientes si dejamos de cuestionar y analizar por nosotros mismos.
Tal vez por eso las universidades tienen hoy una responsabilidad mayor que nunca: no basta con enseñar a utilizar nuevas tecnologías, hay que formar personas capaces de ejercer criterio, liderazgo, carácter y responsabilidad.
El futuro no pertenecerá a quien tenga acceso a la inteligencia artificial; esa estará disponible para prácticamente todo el mundo dentro de muy poco. El futuro pertenecerá a quienes desarrollen aquello que sigue siendo escaso: juicio, creatividad, empatía, valentía y propósito. O como lo pronosticaba el otrora Rector de la Universidad Autónoma de Guadalajara, Dr. Luis Garibay Gutiérrez: el reto de los jóvenes es volver a pensar.
Y quizá ahí se encuentre la gran ironía de nuestros tiempos: después de décadas intentando construir máquinas cada vez más humanas, terminaremos descubriendo que lo verdaderamente valioso nunca fue la tecnología, lo verdaderamente valioso sigue siendo la capacidad de una persona para pensar, decidir, crear, servir y amar.
La inteligencia artificial no vino a reemplazar a los humanos, vino a confirmar una vez más por qué los humanos importan y por qué los humanos valemos tanto.
El autor es director de Testa Marketing, investigación de mercados y Presidente de la Asociación de Egresados de la Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG).
















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