Por Alejandro Ceniceros Martínez.
El viernes 15 de mayo de 2026, en pleno Paseo Méndez de Ciudad Victoria, los invisibles decidieron aparecer.
Eran cerca de las once de la mañana cuando comenzaron a llegar. No arribaron dirigentes encorbatados ni líderes de ocasión. Llegaron trabajadoras y trabajadores de carne y hueso, procedentes de distintas regiones de Tamaulipas: del centro, de la frontera, del sur y del altiplano. Venían decididos a hacerse visibles, a ser escuchados, a reclamar lo que por ley y por justicia les corresponde.
Llegaban vestidos con la ropa con la que todos los días sostienen el sistema de salud pública. Las enfermeras con sus chaquetines y zapatos blancos. Otros con filipinas. Algunos con playeras tipo polo color guinda. Antes usaban otros colores; los del gobierno en turno. Siempre con los logos oficiales de la Secretaría de Salud y del Gobierno de Tamaulipas estampados en el pecho. Porque trabajan para el Estado. Porque sirven al Pueblo. Pero aun así, durante años, han sido tratados como si no existieran.
A ellos les llaman “eventuales”.
“Los de contrato”.
“Los que no tienen derechos”.
Los invisibles.
Muchos llevan tres, cinco, diez o mas de quince años trabajando bajo esa condición precaria. Quince años sin certeza laboral, sin estabilidad y sin justicia. Y todavía más indignante: llegado ya el mes de mayo, aún no recibían el salario mínimo aprobado para este 2026. En la frontera tamaulipeca, además, la diferencia con el salario mínimo fronterizo representa alrededor de cuatro mil pesos mensuales menos para quienes sostienen hospitales, clínicas y centros de salud.
Resulta imposible no preguntarse cómo, en tiempos donde tanto se habla de transformación y justicia social, todavía existan trabajadores obligados a luchar por derechos conquistados desde la Revolución Mexicana( lo que sería la tercera transformación).
Esa es la verdadera historia de esta movilización: la historia de hombres y mujeres que desde 2023 comenzaron a organizarse solos, sin el respaldo de las estructuras sindicales tradicionales y sin encontrar eco en muchas autoridades. Se agruparon mediante redes de comunicación construidas desde sus propios celulares. Realizaron asambleas híbridas, presenciales y virtuales, donde discutieron democráticamente qué hacer ante la indiferencia oficial.
Habían solicitado desde marzo una reunión con la titular de Salud en Tamaulipas. Nunca obtuvieron respuesta.
Aun así, avisaron formalmente a las autoridades que se manifestarían, a la Secretaría General de Gobierno, a Tránsito Municipal y a la propia Secretaría de Salud. Pero cuando llegaron a las oficinas gubernamentales, no había nadie esperándolos. Ningún funcionario dispuesto siquiera a escuchar.
Entonces decidieron democraticamente , trasladar su protesta frente a la Casa de Gobierno.
No iban derrotados. Iban organizados.
Y ahí ocurrió algo que pocas veces cuentan los grandes medios, pero que define la fuerza solidaria de nuestro pueblo.
Mientras mantenían el plantón, comenzaron a compartir historias: jornadas dobles, cansancio extremo, acoso laboral, humillaciones y años enteros de incertidumbre. Pero también compartían risas, anécdotas y comida. Entre todos cooperaban para sostener el campamento. Incluso quienes no pudieron asistir enviaron apoyo económico para alimentos y agua.
De pronto, dos jóvenes se acercaron a preguntar qué sucedía. Escucharon la explicación y se fueron. Minutos después regresaron con bolsas llenas de botellas de agua.
“Aquí les dejamos para que tengan qué beber”, dijeron.
Más tarde llegó una camioneta. Bajaron dos personas con pizzas.
“Les traemos algo para que coman. Es de corazón”.
Así respondió la sociedad victorense: con solidaridad.
Los automovilistas tocaban el claxon en señal de apoyo. Nadie insultó. Nadie agredió. El pueblo entendió inmediatamente que quienes estaban ahí no luchaban solo por ellos, sino por la dignidad del trabajo mismo.
Finalmente, las autoridades aceptaron dialogar y citaron a una reunión para el sábado 16 de mayo. Los trabajadores, reunidos en asamblea y de manera democrática, decidieron mantenerse en plantón hasta concretar los acuerdos. Como dice el viejo refrán popular: “quien se quema con leche, hasta al jocoque le sopla”.
Y esta vez la organización dio resultados.
Tras la reunión, se alcanzaron acuerdos importantes: garantizar transparencia en la asignación de bases laborales, incluir representación de los trabajadores eventuales en los comités de evaluación y gestionar los recursos necesarios para asegurar el pago del salario mínimo correspondiente.
No es poca cosa.
En Tamaulipas existen cerca de tres mil trabajadores eventuales en el sector salud. Tres mil historias de esfuerzo y resistencia que por años han permanecido invisibles.
Ese sábado levantaron el campamento y regresaron a sus municipios, a sus hospitales, a sus centros de salud y a sus hogares. Volvieron cansados, sí, pero también fortalecidos. Regresaron con algo que durante mucho tiempo les negaron: la certeza de que la unidad sí sirve, de que la solidaridad sí transforma y de que los derechos se conquistan luchando colectivamente.
Los invisibles aparecieron.
Y cuando el pueblo trabajador aparece organizado, ya nadie puede ignorarlo.
















La RegiónTamaulipas, fundada desde 2004 con sede en Ciudad Victoria, Tamps.
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