Para quien no sepa qué es un therian —cosa que dudo, porque están en boca de más gente que los archivos de Epstein—, se trata de personas que se identifican, en un plano psicológico o espiritual, con un animal no humano (o eso dice Google).
La gente de a pie, al verlos inundar las redes con máscaras de perros o zorros caminando a cuatro patas, suele sentenciar que son unos pobres diablos.
Los más radicales, por su parte, se rasgan las vestiduras y aseguran que, como sociedad (humana), hemos colapsado y tocado fondo.
Esta semana, en la mismísima máxima casa de estudios del país, la UNAM, se convocó a una reunión therian. También en la provincia donde vivo, en el Monumento a la Bandera. En ambos casos, medios nacionales, locales y youtubers cubrieron el evento ante una multitud de curiosos.
El resultado —quién lo hubiera visto venir— fue un rotundo fiasco. Si acaso se vio a un par de disfrazados que, al ser bombardeados por los medios con la misma e incisiva pregunta sobre qué significaba ser therian, no soportaron la presión y revelaron ser infiltrados; es decir, seres humanos cuerdos como todos los que los rodeaban (y abucheaban).
En lo que a mí respecta, visto lo visto, debo inferir que todos somos therians. Es decir, todos tenemos un tornillo suelto. La única diferencia es que algunos tornillos están mejor vistos que otros; incluso, hay quienes llegan a ser celebrados.
La reencarnación, por ejemplo. Si mañana dices que eres el rey Tutankamón, Juana de Arco o Nikola Tesla, dirán que estás chiflado. Pero si te asiste la humildad y afirmas haber sido un milpero zapoteco o un pastor durante el reinado de Luis XV, todo fluye con naturalidad.
Otro grupo popular y bien visto —no así hace dos milenios, cuando los crucificaban— es el de quienes creen que una paloma es el Espíritu Santo, por mencionar apenas un caso dentro de una lista interminable.
En resumen: nuestras creencias más extravagantes no son más que una válvula de escape para dejar de ser nosotros mismos y hacer soportable la presencia del sujeto que nos devuelve la mirada desde el otro lado del espejo.
O, dicho de otro modo: siempre hemos estado un poco locos. Hoy nos burlamos (e indignamos) de quienes andan a cuatro patas con un antifaz de peluche, pero aplaudimos (y admiramos) a las bestias erguidas que controlan el mundo disfrazadas de seres humanos.
Rodrigo Solís
Articulista, periodista, novelista y copywriter.
Fundador @killer_quake
















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