¿El arte y el entretenimiento deben ser políticamente correctos?

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Ya no existen las reuniones sin peleas, incluso cuando se trata de amigos. Ahora todo significa demasiado. Todo. Obviamente la política, pero también nuestros géneros y la comida y lo que vemos en nuestra televisión. Nuestra. En agosto tuve una conversación con seis personas sobre HBO que se redujo a dos de ellas discutiendo Insecure, la comedia cocreada y protagonizada por Issa Rae sobre dos mejores amigas —Issa y Molly— en Los Ángeles. Acababa de terminar la tercera temporada en HBO y yo describiría mi tendencia a seguirla viendo como “lealtad exasperada”.

Las relaciones —de sororidad, heterosexuales o profesionales— están en el centro del programa. Pero en sus mejores momentos es una consideración satírica y astuta sobre cómo nuestra raza o etnia contamina nuestro ámbito laboral. Molly es abogada en un despacho mayoritariamente compuesto por personas negras que, debido a esto, se siente más obligado a atenerse a protocolos. Issa trabaja en una organización sin fines de lucro que pretende hacer algo bueno para estudiantes jóvenes latinos y negros aunque se conduce de manera autocelebratoria y con ciertas muestras casuales de racismo.

No siempre queda claro si la sátira tiene que ver justo con que la misma Issa Rae es negra. Mencioné esto en la cena al indicar que me costaba trabajo creer en el personaje como algo más que un esbozo de su conciencia.

Ese cuestionamiento de qué tan verosímil es Rae provocó una defensa iracunda del programa. “Se trata de su vida”, me dijo un amigo sobre Rae. “Ella trabajó mucho para que existiera el programa y es su historia. No puedes nada más decir que no le crees”.

Y ahí estábamos, dos hombres negros discutiendo cómo criticar el arte de una mujer negra.

Por un lado, él tenía razón. Rae trabajó mucho para que una productora seria llevara su comedia —junto con su cara, negra, y su cuerpo, negro— del internet a la televisión. Y lo logró y la gente lo celebra. Yo estaba comiendo sopa al lado de una de esas personas

Lo que estaba implícito en su rechazo a mi comentario era el orgullo de poder corregir un error. Incluso en la que se considera como la “era de oro” de la televisión, con tantos personajes no blancos, queer y tantas mujeres, algunas a cargo de la producción, una comedia hecha por y para mujeres negras sigue siendo anómala. Entonces puede que Insecure sea una rareza que no puede disgustarte.

Pero, por el otro lado, ¿qué pasa si te disgusta? Mi compañero de cena insistía en que el quién y el qué que representa el programa importan más que si ese programa es bueno para mí. No podíamos tener una discusión sobre esto último porque era un lujo siquiera poder discutir este programa anómalo. Mi deseo por entretenerme era una afrenta al derecho a existir de la serie; el que sea moralmente bueno supera cualquier deseo de que sea mejor en una cuestión creativa.

La necesidad de proteger así a Insecure es similar al actual deseo de condenar a ciertos programas antiguos de televisión como Los SimpsonFriends o Sexo en la ciudad por tener momentos de racismo, homofobia, condenar la actividad sexual femenina y por ser extremadamente blancos. Issa y Molly merecen estar en la televisión porque, durante tanto tiempo, no estuvieron ahí.

Esta lucha en el mundo real y en las redes sociales que hemos librado en los últimos años sobre a quién le toca vivir en Estados Unidos y a quién le corresponde criticar (¡o enaltecer!) cómo es gobernado ahora se ha filtrado a nuestros debates sobre cultura. No tanto respecto a las obras en sí, sino a las leyes que dirigen esa cultura y la discusión que la rodea; qué artistas pueden hacer qué tipo de arte, a quién le corresponde discutirla. Hablamos menos sobre si alguna pieza es buen arte y nos quedamos atorados en si es bueno: bueno para nosotros, para la cultura, para el mundo.

Ya tenemos hasta términos preferidos para estas discusiones. Una persona que insulta, acosa o hace cosas peores es “problemática” y ciertas personas “problemáticas”, y sus obras, deben ser “canceladas”. Las cancelaciones recientes incluyen a Bill Cosby, a Kevin Spacey, a Louis C. K., a Roseanne Barr, a Kanye West, a Ian Buruma como director de The New York Review of Books, a Matt Lauer, a Woody Allen, a la comedia satírica de Netflix Insatiable (en este caso es una cancelación figurativa porque ya trabajan en la segunda temporada), al personaje de YouTube Logan Paul y hasta la sección de poesía de la revista Nation.

Las personas que te encantan pero que han tenido traspiés son “problemáticos favoritos”: Scarlett Johansson, el comediante Dave Chapelle, la cantante Cardi B, Justin Timberlake o M.I.A. Ellos no son cancelados, solo los bloquean temporalmente en lo que arreglan sus asuntos. A la gente que sabe quién lo vale, qué vale y cuándo lo vale ahora se le llama “woke”, consciente.

Se supone que esta nomenclatura está encargada del sorteo y la clasificación morales. Las listas de antes “Está de moda o no”, ahora son de “Es correcto o no”. A los individuos no necesariamente se les permite decir algo respecto a la cancelación o coronación de un artista o de su trabajo. Hay un termómetro social y todos deben vestirse según esa temperatura. Lo que es malo para algunas personas se califica como malo para todas y lo mejor es atenerse a eso para no ser tildado de problemático también.

Con ello surgen momentos de farsa como el rumor de que los premios Grammy prefirieron no nominar al músico blanco y popular Ed Sheeran en las tres principales categorías para que no hubiera una tormenta de críticas si es que llegaba a ganarles a Kendrick Lamar o a Childish Gambino. Es lo mismo que provoca que ahora los Premios Oscar parezcan una prueba de pureza moral y ya no tanto un evento de competencia artística. Las obras nominadas a distintos premios ahora son referendos sobre el estado moral de las industrias; su calidad es una consideración secundaria. Quizá las premiaciones ya se ven tanto porque nadie va a ver las películas nominadas y las transmisiones tienen un tenor demasiado político, sí. Pero quizá es porque nadie quiere ver cómo las industrias se enjuician a sí mismas.

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